Ruta por el Altiplano boliviano: desiertos, lagunas y paisajes de otro planeta

Viajar por el altiplano boliviano es como aterrizar en otro planeta. Los colores cambian a cada curva, el silencio se vuelve protagonista y la sensación de estar en uno de los rincones más remotos del mundo es constante. Acceder a muchos de estos lugares solo es posible con un buen vehículo 4×4 y bastante paciencia, es por eso que la mayoría opta por recorrerlo con un guía local, que fue lo que hicimos nosotros.

Aquí te dejamos el recorrido que hicimos durante 3 días por algunos de los sitios más espectaculares del sur de Bolivia, para que te inspires y prepares tu aventura por el corazón del altiplano.


Salar de Uyuni

Es el salar más grande del mundo y uno de los paisajes más impactantes de toda Sudamérica. Un mar blanco que se pierde en el horizonte, donde cuando llueve el cielo se refleja creando una ilusión perfecta.

Te dejamos el link al artículo donde hablamos de él más detalladamente.

Cementerio de Trenes

A las afueras de Uyuni se encuentra este insólito lugar: una gran explanada donde descansan trenes oxidados del siglo XIX. Un lugar lleno de historia que se ha convertido en uno de los sitios más visitados de la ciudad.

San Cristóbal

Un pequeño pueblo minero que fue reubicado por completo para permitir la explotación de plata en la zona. Su iglesia colonial fue desmontada y vuelta a montar piedra a piedra. Una parada curiosa en el camino.

Laguna Cañapa, Laguna Hedionda y Laguna Honda

Estas lagunas de altura ofrecen paisajes de postal, rodeadas de montañas y habitadas por flamencos andinos. La Laguna Hedionda debe su nombre al fuerte olor a azufre, pero su belleza es indiscutible.

Árbol de Piedra

Una formación rocosa tallada por el viento que parece suspendida en el aire. Un lugar muy simbólico del altiplano boliviano, ubicado en pleno Desierto de Siloli.

Italia Perdida

Una zona de formaciones rocosas erosionadas que recuerda a un paisaje lunar o marciano. No suele estar en todos los tours, pero si tienes la oportunidad, vale mucho la pena desviarse.

Reserva Eduardo Avaroa

Una de las joyas naturales de Bolivia. Dentro de esta reserva se encuentran algunos de los paisajes más icónicos del país: lagunas coloridas, geisers y vida salvaje en estado puro. La entrada a la reserva cuesta $150 BOB en 2025.

Geisers Sol de Mañana

Un campo geotérmico activo con fumarolas y pozos de barro hirviendo. El mejor momento para visitarlo es temprano, cuando las columnas de vapor contrastan con el frío de la madrugada.

Termas de Polques

Aguas termales naturales a más de 4.000 metros de altitud. La experiencia de sumergirse aquí, con vistas a la nada, es increíble. Nosotros tuvimos la suerte de bañarnos al anochecer, con un cielo estrellado impresionante sobre nuestras cabezas y una temperatura exterior de -15 °C. El contraste entre el frío exterior y el calor del agua hizo que fuera uno de los momentos más mágicos del viaje.

Desierto de Dalí

Un paisaje árido y surrealista, con colores que recuerdan a las pinturas del artista español. No hay casi vegetación ni vida visible, solo rocas esculpidas por el viento.

Mirador de Ollagüe

Desde aquí se contempla el Volcán Ollagüe, aún activo, que suele expulsar pequeñas fumarolas. Un lugar silencioso y majestuoso en medio de la nada.

Laguna Colorada

Una laguna de color rojo intenso debido a microorganismos y sedimentos ricos en minerales que reaccionan con la luz solar creando ese tono tan característico. Hogar de miles de flamencos rosados, es uno de los puntos más bonitos de toda la ruta.

Laguna Verde y Laguna Blanca

Dos lagunas ubicadas al pie del imponente Volcán Licancabur, en la frontera con Chile. La Laguna Verde, con su tono esmeralda, cambia de color según el sol y el viento.

Hito Cajón

Este paso fronterizo marca el final del tour si vas en dirección a Chile. Desde aquí se suele continuar hacia San Pedro de Atacama. A más de 4.400 metros de altitud, es uno de los pasos fronterizos más altos de Sudamérica.


Fue una ruta que superó con creces todas nuestras expectativas. No solo por la belleza de los paisajes —inmensos, salvajes y a veces casi irreales—, sino por la sensación constante de estar completamente aislados del mundo. Durante varios días cruzamos territorios donde no hay nada más que viento, sal, piedra y lagunas de colores.

Hay algo en esa inmensidad que te hace sentir pequeño, incluso vulnerable, pero a la vez profundamente conectado con la naturaleza. Sin duda, fue uno de los tramos más espectaculares del viaje, y uno de los que más nos gustó.

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