Mal de altura en Sudamérica: la guía completa para evitarlo (y qué hacer si te pilla)

Viajar por Sudamérica en furgoneta es sinónimo de libertad. Es despertarte cada día con un paisaje nuevo, trazar tu propia ruta y sentir el continente bajo tus ruedas. Pero hay algo que nadie te cuenta en las postales de Instagram: la Cordillera de los Andes, esa columna vertebral majestuosa que recorre el continente, no solo te regala paisajes que quitan el aliento, a veces, literalmente, te lo quita.

Hablamos del mal de altura, o como lo llaman por aquí, apunamiento o soroche. Un compañero de viaje silencioso y a menudo subestimado que puede convertir un día de exploración increíble en una pesadilla de dolor de cabeza y náuseas.

Y no solo afecta a las personas. Nuestra furgoneta, también ha resoplado y se ha quejado más de una vez por encima de los 4.000 metros. La falta de oxígeno es un desafío para el cuerpo y para el motor.

En esta guía definitiva, vamos a compartir todo lo que hemos aprendido (a menudo por las malas) sobre el mal de altura. No solo te explicaremos la teoría, sino que te contaremos nuestros errores, los remedios que de verdad nos funcionaron, cómo cuidar de tu vehículo y cómo planificar tu ruta para que la altitud sea una anécdota y no un problema. ¡Vamos allá!

¿Qué es exactamente el mal de altura (o soroche)?

El mal de altura, conocido científicamente como hipoxia hipobárica, es la respuesta de tu cuerpo a la falta de oxígeno a altitudes elevadas. Imagina que el aire es un batido. A nivel del mar, te lo bebes con una pajita ancha, sin esfuerzo. A medida que subes, la pajita se hace cada vez más fina. Tienes que sorber con más fuerza para obtener la misma cantidad de batido.

Eso es lo que le pasa a tus pulmones. A partir de los 2.500 metros sobre el nivel del mar (msnm), la presión atmosférica disminuye. La concentración de oxígeno en el aire sigue siendo del 21%, pero las moléculas están más separadas. Con cada bocanada de aire, introduces menos oxígeno en tu cuerpo.

Para compensarlo, tu organismo pone en marcha una serie de mecanismos de emergencia: respiras más rápido, tu corazón late más fuerte para bombear la sangre oxigenada a toda prisa… y es este sobreesfuerzo lo que provoca los síntomas.

Es crucial entender que el mal de altura no depende de tu edad ni de tu estado físico. Puedes ser un atleta olímpico y sufrir sus efectos, mientras que una persona sedentaria no nota nada. La clave está en la velocidad de ascenso y en la genética de cada uno.

Existen tres tipos principales de mal de altura, de menor a mayor gravedad:

  1. Mal Agudo de Montaña (MAM): es el más común y leve. Los síntomas son parecidos a una resaca: dolor de cabeza, náuseas, fatiga. Generalmente, desaparece con uno o dos días de aclimatación.
  2. Edema Pulmonar de Gran Altitud (HAPE): es una acumulación de líquido en los pulmones. Es muy peligroso y requiere descenso inmediato. Los síntomas incluyen dificultad extrema para respirar (incluso en reposo), tos seca y persistente, y una sensación de ahogo.
  3. Edema Cerebral de Gran Altitud (HACE): es una inflamación del cerebro por acumulación de líquido. Es el más grave y también requiere descenso y atención médica urgente. Los síntomas incluyen confusión, pérdida de coordinación (caminar como si estuvieras borracho), y comportamiento irracional.

No te asustes, el 99% de los viajeros solo experimentan el MAM. Pero es vital conocer las señales de alarma para actuar a tiempo. Para más información técnica, puedes consultar la página de MedlinePlus sobre el tema o las recomendaciones de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Nuestra primera vez con el soroche: cruzando el Paso de Jama

Recuerdo perfectamente nuestro primer encuentro serio con el «apunamiento». Fue cruzando el Paso de Jama, la frontera entre Argentina y Chile. Veníamos de Purmamarca, a unos 2.300 metros, donde nos sentíamos perfectamente. El plan era cruzar a San Pedro de Atacama en un día. Ingenuos de nosotros.

La carretera es una obra de ingeniería espectacular que serpentea hacia el cielo. En menos de tres horas, pasas de los 2.300 metros a un pico de 4.830 metros. El paisaje es de otro planeta: desiertos de sal, volcanes nevados, vicuñas corriendo libres… Estábamos tan alucinados con las vistas que ignoramos las primeras señales.

Empezamos a notar un dolor de cabeza sordo, justo detrás de los ojos, que al principio pensamos que sería por el sol. A eso se le sumó algo de mareo y mal cuerpo, que intentamos justificar con las curvas del camino. Pero la furgoneta también empezó a dar señales de que estábamos subiendo. En las cuestas más empinadas perdía algo de fuerza, como si le faltara el aire, y el motor diésel, acostumbrado a la costa, echaba un humo un poco más oscuro de lo normal.

Donde más notamos la altura fue en la aduana chilena, a 4.200 metros. Al bajarnos de la furgo tuvimos que tomarnos las cosas con calma porque el cuerpo pesaba más de la cuenta. El dolor de cabeza se hizo un poco más molesto y el estómago seguía algo revuelto. El simple hecho de rellenar los papeles de la migración se nos hizo un poco cuesta arriba porque costaba mantener la concentración, algo bastante común cuando pasas por allí.

¿Nuestro error? Subir demasiado rápido, sin paradas intermedias para aclimatar. Confiamos en que, como nos sentíamos bien al principio, aguantaríamos. Aprendimos la lección a base de ibuprofeno, mate de coca y un día entero de recuperación en San Pedro, sintiéndonos como si nos hubiera pasado un camión por encima.

Síntomas comunes del mal de altura: cómo reconocerlos

Es fundamental que sepas identificar los síntomas, tanto en ti como en tus compañeros de viaje. A veces, por no querer ser «el quejica» o arruinar el plan, la gente tiende a ocultar cómo se siente. ¡Error! La comunicación es clave.

Los síntomas más habituales del Mal Agudo de Montaña (MAM) suelen aparecer entre 6 y 24 horas después de llegar a la altitud:

  • Dolor de cabeza: es el síntoma más común. Puede ser desde una molestia leve hasta un dolor punzante e intenso que no mejora con analgésicos comunes.
  • Náuseas y malestar estomacal: falta de apetito, sensación de pesadez o incluso ganas de vomitar.
  • Fatiga extrema: un cansancio desproporcionado al esfuerzo realizado. Subir una pequeña cuesta puede dejarte sin aliento como si hubieras corrido una maratón.
  • Mareos y vértigo: sensación de inestabilidad, sobre todo al levantarse rápido.
  • Problemas para dormir: es muy típico tener un sueño muy ligero, despertarse muchas veces durante la noche o incluso tener la sensación de que te falta el aire justo cuando te estás quedando dormido (apnea del sueño).
  • Hinchazón leve: puedes notar los dedos de las manos, los tobillos o la cara un poco hinchados por la retención de líquidos.

Para tener un dato objetivo, llevar un pulsioxímetro de dedo (los hay desde 15-20 €) te permite ver tu saturación de oxígeno y la frecuencia cardiaca, y detectar a tiempo una bajada preocupante.

Si estás viajando en pareja o en grupo, pregúntale a los demás cómo se sienten. A veces uno no se da cuenta de su propia lentitud o irritabilidad hasta que otro se lo comenta.

La mejor estrategia: cómo prevenir el mal de altura

El mejor remedio contra el mal de altura es, sin duda, la prevención. Y aquí, viajar en furgoneta te da una ventaja brutal: tienes el control total de tu ritmo.

Antes de subir: la preparación es clave

  • Asciende gradualmente: esta es la regla de oro. La norma general es no aumentar la altitud a la que duermes en más de 300-500 metros por día, una vez superados los 3.000 msnm. Planifica tu ruta para incluir paradas intermedias. Por ejemplo, si vas de la costa de Perú a Cusco (3.400 m), haz noche en Arequipa (2.335 m) un par de días.
  • Hidrátate como si no hubiera un mañana: el aire en altura es muy seco y acelera la deshidratación. Bebe entre 3 y 4 litros de agua al día. Empieza el día antes del ascenso. El agua ayuda a tu sangre a transportar mejor el poco oxígeno disponible.
  • Come ligero y rico en carbohidratos: olvídate de las comidas pesadas y grasientas los días previos y durante el ascenso. Tu digestión se ralentiza en altura. Los carbohidratos complejos (pasta, arroz, patatas, quinoa) son tus mejores amigos, ya que requieren menos oxígeno para ser metabolizados.
  • Descansa bien: no empieces un ascenso importante después de una noche de fiesta o de haber dormido poco. Un cuerpo descansado se aclimata mucho mejor.

Durante el ascenso y los primeros días: «tómatelo con calma»

  • Aplica la regla de oro de los montañeros: «Sube alto, duerme bajo». Si durante el día haces una excursión a un punto más alto (por ejemplo, visitar los Géiseres del Tatio a 4.300 m desde San Pedro de Atacama a 2.400 m), vuelve a dormir a una altitud menor. Esto estimula la aclimatación de forma muy eficaz.
  • Muévete despacio: camina sin prisa, habla despacio, evita esfuerzos físicos intensos durante las primeras 24-48 horas. Tu cuerpo ya está trabajando a tope para adaptarse.
  • Evita el alcohol y el tabaco: el alcohol deshidrata y deprime el sistema respiratorio, justo lo contrario de lo que necesitas. El tabaco, por razones obvias, dificulta aún más la oxigenación.
  • Escucha a tu cuerpo: si empiezas a sentirte mal, para. No sigas subiendo. Comunícalo. No intentes «aguantar como un campeón». La montaña no premia a los héroes, premia a los prudentes.

Remedios para el mal de altura: de la hoja de coca a la farmacia

Si a pesar de la prevención los síntomas aparecen, hay varios remedios que pueden ayudarte a sentirte mejor.

Remedios andinos tradicionales

Los pueblos andinos llevan siglos conviviendo con la altitud y han desarrollado remedios naturales muy efectivos. Para nosotros, son la primera opción.

  • Hoja de coca: es el remedio más famoso y utilizado en Perú, Bolivia y el norte de Argentina y Chile. No, no es una droga. La hoja en su estado natural tiene un efecto estimulante muy suave, similar al de un café. Ayuda a mejorar la absorción de oxígeno en la sangre, alivia el dolor de cabeza y calma el estómago.
    • Cómo se usa: puedes masticarla (se hace una bola con las hojas y se mantiene en un carrillo, sin tragarla) o tomarla en infusión (mate de coca). En cualquier mercado o tienda de estos países la encontrarás. ¡Ojo! Es legal en estos países, pero es ilegal sacarla de ellos, así que no la cruces en la frontera.
  • Mate de muña: la muña es otra planta andina, parecida a la menta. Su infusión es un digestivo fantástico y ayuda mucho con las náuseas y el malestar estomacal. A nosotros nos ha salvado de más de una comida pesada en altura.
  • Agua de florida: no es para beber. Es una colonia con una mezcla de hierbas que se vende en todas las farmacias de Perú y Bolivia. Los locales la usan para todo. Para el mal de altura, te pones unas gotas en las manos, las frotas e inhalas profundamente. El aroma intenso y fresco parece que te despeja las vías respiratorias y alivia el mareo.

Botiquín de viaje

Siempre es bueno llevar algunos medicamentos básicos, por si los remedios naturales no son suficientes.

  • Paracetamol o Ibuprofeno: para el dolor de cabeza leve o moderado.
  • Acetazolamida (Diamox): este es un medicamento específico que ayuda a acelerar la aclimatación. Solo debe tomarse bajo prescripción médica, ya que tiene efectos secundarios (como hormigueo en manos y pies y aumento de la orina). Algunos viajeros lo toman de forma preventiva 24 horas antes de ascender. Consulta a tu médico de cabecera o a un centro de medicina del viajero antes de tu viaje. Te recomendamos visitar la web de la Asociación Española de Vacunología para más información.

Mal de altura grave: las señales de alarma que no debes ignorar

Esto es extremadamente importante. El Mal Agudo de Montaña es incómodo pero no peligroso. Sin embargo, si los síntomas empeoran y evolucionan a HAPE o HACE, la situación se vuelve crítica.

LA ÚNICA CURA REAL PARA EL MAL DE ALTURA GRAVE ES DESCENDER INMEDIATAMENTE.

Aprende a reconocer estas señales de alarma en ti o en tus compañeros:

  • Dificultad para respirar en reposo: si a alguien le falta el aire estando sentado y quieto, es una señal muy mala.
  • Tos seca y persistente que puede derivar en esputo rosado o espumoso: un síntoma claro de líquido en los pulmones (HAPE).
  • Confusión, desorientación o irritabilidad extrema: cambios de comportamiento inexplicables.
  • Pérdida de coordinación (ataxia): pídele a la persona que camine en línea recta, poniendo un pie justo delante del otro. Si no puede hacerlo, es una señal de alarma de edema cerebral (HACE).
  • Sonidos de gorgoteo en el pecho al respirar.

Si observas cualquiera de estos síntomas, no esperes. Desciende al menos 500 o 1.000 metros lo antes posible y busca atención médica de urgencia. No dejes a la persona sola.

Nuestra furgo también «se apunó»: cómo afecta la altura a tu vehículo

Tu cuerpo no es el único que sufre. Los motores de combustión también necesitan oxígeno para funcionar, y en altura, el rendimiento cae en picado. Esto es lo que le pasó a nuestra furgo y lo que aprendimos:

  • Pérdida de potencia: es el síntoma más evidente. La falta de oxígeno se traduce en una combustión menos eficiente. Notarás que en las subidas tienes que usar marchas más cortas y que al vehículo le cuesta acelerar. Los motores turbo (como el nuestro) lo sobrellevan mejor, ya que el turbo comprime el aire y fuerza su entrada en el motor, pero aun así, la pérdida se nota. Los motores atmosféricos (sin turbo) sufren mucho más.
  • Humo negro: sobre todo en los diésel, es común ver que el tubo de escape suelta más humo negro de lo normal al acelerar. Esto es porque la mezcla de combustible y aire se descompensa: hay demasiado combustible para tan poco aire.
  • Arranque en frío difícil: en el altiplano boliviano, donde dormimos a más de 4.000 metros y las temperaturas nocturnas bajan de los -10°C, arrancar la furgoneta por la mañana era un ritual. El frío y la falta de oxígeno hacen que al motor le cueste mucho ponerse en marcha.

Consejos para cuidar tu motor en altura

  • Mantén el filtro de aire limpio: un filtro sucio restringe aún más el poco aire que hay. Antes de subir a zonas altas, asegúrate de que el filtro de aire esté limpio o cámbialo.
  • Conduce con suavidad: no fuerces el motor. Usa marchas cortas en las subidas para mantener las revoluciones en un rango óptimo, sin llevarlo al límite.
  • Revisa el sistema de refrigeración: el aire menos denso también refrigera menos. Asegúrate de que el nivel de líquido refrigerante es el correcto y de que el electroventilador funciona.
  • Usa aditivos para el combustible: en zonas muy frías, el diésel puede llegar a congelarse o espesarse. Usar un Liqui Moly aditivo diésel es una buena idea.
  • No apures el depósito: las gasolineras en el altiplano son escasas y a veces no tienen combustible. Reposta siempre que tengas oportunidad.

Tabla resumen: tu chuleta contra el mal de altura

Para que tengas toda la información a mano, aquí tienes una tabla resumen con lo más importante.

Aspecto Recomendación Clave Nuestra Experiencia / Consejo Pro
Aclimatación Asciende gradualmente (máx. 500m más para dormir por día). «Sube alto, duerme bajo». Explora durante el día, pero pernocta a menor altitud.
Hidratación Bebe 3-4 litros de agua al día. Lleva siempre una botella grande a mano. Si el agua te aburre, los mates son tu aliado.
Comida Dieta ligera, rica en carbohidratos. Evita grasas y alcohol. La sopa de quinoa es un plato estrella en los Andes: calienta, hidrata y es ligera. ¡Pruébala!
Remedios Mate de coca y de muña para síntomas leves. La hoja de coca masticada es más efectiva que en mate. ¡Que no te dé vergüenza probarla!
Vehículo Conduce suave, revisa el filtro de aire y el refrigerante. Si tu furgo es diésel, deja que el motor caliente un par de minutos por la mañana antes de salir.
Síntomas Graves Dificultad para respirar en reposo, confusión, pérdida de equilibrio. Ante la duda, BAJA. No esperes a ver si mejora. La altitud no es un juego.

Zonas de Sudamérica con riesgo de mal de altura

Casi cualquier ruta que atraviese los Andes te expondrá a altitudes considerables. Aquí tienes un listado de las zonas más populares donde debes tomar precauciones. Para que te hagas una idea visual, puedes consultar este mapa de relieve de Sudamérica.

🇦🇷 Norte de Argentina: la Quebrada de Humahuaca es un buen lugar para aclimatar gradualmente. Purmamarca (2.300 m), Tilcara (2.500 m), Humahuaca (2.900 m). Rutas como la que va a Iruya o las Salinas Grandes (3.400 m) ya exigen más.

🇧🇴 Bolivia: prácticamente todo el altiplano. Uyuni (3.600 m), Potosí (4.090 m, una de las ciudades más altas del mundo), La Paz (3.650 m). Las rutas por el Sud Lípez y el Parque Nacional Sajama superan constantemente los 4.500 metros. Para información oficial sobre turismo, visita la web de Bolivia Travel.

🇵🇪 Perú: la zona andina es el corazón del país. Cusco (3.400 m), Puno y el Lago Titicaca (3.800 m), Huaraz y la Cordillera Blanca (3.100 m de ciudad base para treks a más de 5.000 m).

🇨🇱 Norte de Chile: el desierto de Atacama. San Pedro de Atacama está a unos «cómodos» 2.400 m, pero la mayoría de excursiones suben mucho más: Géiseres del Tatio (4.300 m), lagunas altiplánicas (más de 4.000 m) y el paso fronterizo de Jama.

🇪🇨 Ecuador: la «Avenida de los Volcanes». Quito, la capital, ya está a 2.850 m. Excursiones al Parque Nacional Cotopaxi o a la base del Chimborazo te llevarán a más de 4.000 metros. Puedes encontrar información en la página oficial de turismo de Ecuador.

Conclusión: un viaje más lento es un viaje mejor

El mal de altura no es un muro que te impida avanzar, es simplemente la forma que tiene tu cuerpo de pedirte que bajes el ritmo. Te enseña a viajar de otra manera: más despacio, con más conciencia, escuchando a tu cuerpo y respetando los ritmos de la naturaleza.

Al final, la altitud nos ha regalado algunas de las lecciones más importantes de nuestro viaje por Sudamérica. Nos ha enseñado a ser pacientes, a planificar con más cabeza y a entender que llegar a la cima no es lo más importante, sino disfrutar del ascenso. Y es que la gran noticia es que el cuerpo es increíble y se acaba acostumbrando. Tras pasar casi cinco meses recorriendo el altiplano entre Bolivia y Perú, lo pudimos comprobar de primera mano: pasamos de que nos costara caminar, a disfrutar de rutas de trekking a 4.000 y 5.000 metros, ¡e incluso logramos hacer cumbre en un seismil sin morir en el intento! Todo es cuestión de tener paciencia y hacer las cosas bien.

Cuando por fin te aclimatas y puedes respirar hondo en mitad de los Andes, con ese silencio absoluto, la sensación de paz es indescriptible.

Así que no le tengas miedo a las alturas. Tenle respeto. Planifica, hidrátate, mastica coca si hace falta y, sobre todo, tómatelo con calma. La montaña siempre estará ahí esperándote.


¿Has sufrido el mal de altura en alguno de tus viajes? ¿Tienes algún truco que nos hayamos dejado? ¡Cuéntanoslo en los comentarios!

Si tu ruta pasa por el altiplano o los Andes, no te pierdas la ruta por el Altiplano boliviano, las curiosidades de Perú que nadie te cuenta ni nuestra guía del Salar de Uyuni.

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